Las generaciones jóvenes utilizan algoritmos, redes sociales e inteligencia artificial para llamar la atención sobre la crisis climática, analizar la comunicación corporativa, hacer visible el greenwashing y organizar movimientos políticos.
Al mismo tiempo, se topan con una contradicción incómoda.
La infraestructura física sobre la que se desarrolla ese activismo digital figura entre los ámbitos de más rápido crecimiento del consumo eléctrico mundial.
Los servicios en la nube parecen incorpóreos. Un vídeo parece simplemente aparecer en una pantalla. Una búsqueda desaparece a los pocos segundos. Una imagen se sube, se comparte y se olvida.
Pero detrás de cada una de esas acciones hay una cadena material.
Los centros de datos procesan y almacenan los contenidos.
Los sistemas de refrigeración evacuan el calor que se genera.
Las redes de transmisión trasladan los datos a través de grandes distancias.
Las antenas de telefonía móvil, los routers y los dispositivos finales consumen energía adicional.
Los microchips, las baterías, los servidores y las pantallas deben fabricarse, transportarse, refrigerarse, mantenerse y, en algún momento, desecharse.
Por eso el espacio digital posee una realidad física.
Su huella ecológica solo resulta ligeramente más invisible que el tubo de escape de un coche o el humo de la chimenea de una fábrica.
Precisamente esa invisibilidad constituye la sombra digital.
Describe la cantidad de energía, materias primas, agua, infraestructura y emisiones de gases de efecto invernadero que hay detrás de una acción digital aparentemente inmaterial.
Para los jóvenes activistas climáticos, esta constatación puede desencadenar una crisis en la manera de entenderse a sí mismos.
¿Cómo movilizarse contra la infraestructura fósil cuando el propio alcance se construye en plataformas cuyos servidores funcionan en parte con electricidad de origen fósil?
¿Qué credibilidad tiene el activismo digital si cada campaña, cada vídeo y cada feed interminable consumen energía por sí mismos?
La respuesta no puede consistir en rechazar la comunicación digital de forma generalizada.
Las herramientas digitales pueden conectar movimientos sociales, difundir información científica y hacer visibles las relaciones de poder.
Lo decisivo es, más bien, dejar de ignorar la base material de esas herramientas.
La métrica de la contaminación invisible: la termodinámica de TikTok

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El comportamiento ambiental digital resulta psicológicamente difícil de evaluar.
Quien conduce un coche ve un indicador de combustible y conoce su consumo. Quien calienta una vivienda recibe una factura energética. En un vídeo del feed falta una señal comparable.
Al smartphone no lo abastece visiblemente un camión cargado de carbón. El centro de datos puede estar a cientos de kilómetros. Las emisiones se generan de forma repartida entre dispositivos, servidores, sistemas de refrigeración y redes eléctricas.
Por eso hacer scroll parece casi gratuito.
Los cálculos de Greenly, la consultora parisina de contabilidad de carbono, intentaron traducir esa infraestructura invisible a una métrica de uso comprensible. Los siguientes valores son estimaciones modeladas y no datos de emisiones publicados o medidos directamente por las plataformas.
| Plataforma | Emisiones estimadas por minuto de uso | Emisiones anuales estimadas por usuario medio | Trayecto equivalente en un coche de gasolina |
|---|---|---|---|
| TikTok | 2,921 g CO₂e | 48,49 kg CO₂e | aprox. 198 km |
| YouTube | 2,923 g CO₂e | 40,17 kg CO₂e | aprox. 164 km |
| 2,912 g CO₂e | 32,52 kg CO₂e | aprox. 133 km |
Las diferencias por minuto son sorprendentemente pequeñas. En esta modelización, YouTube se sitúa incluso ligeramente por encima de TikTok.
La diferencia decisiva no surge en primer lugar de la emisión de un solo minuto, sino de la duración y la frecuencia del uso.
Para el cálculo de TikTok, Greenly partió de una media de 45,5 minutos de uso diario. Los tiempos de uso más elevados que mencionan otros análisis de mercado, por ejemplo para determinados grupos de edad o para países concretos, no pueden combinarse con esa misma cifra anual de emisiones. El resultado de 48,49 kilogramos se basa en los supuestos del modelo concreto de Greenly.
Con ello se hace visible un problema de diseño fundamental.
Si varias plataformas generan una huella similar por minuto de uso, la capacidad de una aplicación para retener la atención el mayor tiempo posible se convierte ella misma en un factor ambiental.
TikTok está optimizado para la reproducción continua de vídeo. El siguiente clip se inicia automáticamente. Los usuarios no tienen que tomar una decisión activa para cargar material nuevo. El feed no tiene un final natural.
Cada minuto adicional le parece insignificante al usuario individual.
Sin embargo, en la suma de millones o incluso miles de millones de usuarios surge de ahí una enorme carga técnica.
Por eso el efecto ecológico no reside únicamente en el vídeo concreto. Reside también en un modelo de negocio que genera valor económico a partir de una atención lo más prolongada posible.
La realidad física de la nube
Los centros de datos están formados por miles de servidores, sistemas de almacenamiento, componentes de red, fuentes de alimentación e instalaciones de refrigeración.
Deben funcionar sin interrupciones prolongadas. Los contenidos han de estar disponibles en todo momento, independientemente de si los usuarios acceden a un feed desde Viena, Londres, Nueva York o Tokio.
Esa disponibilidad exige energía.
Según datos de la Agencia Internacional de la Energía, en 2024 los centros de datos consumieron en todo el mundo unos 415 teravatios hora de electricidad. Eso equivalía aproximadamente al 1,5 por ciento del consumo eléctrico global. Para 2030, ese consumo podría más que duplicarse hasta unos 945 teravatios hora. La inteligencia artificial es un motor de crecimiento importante, pero también los servicios en la nube clásicos, el streaming de vídeo y otras aplicaciones digitales contribuyen a la creciente demanda.
Una parte de esa demanda adicional se cubre con energías renovables.
Sin embargo, eso no significa que toda la infraestructura digital funcione sin emisiones.
La AIE estima que la electricidad físicamente consumida por los centros de datos en todo el mundo procede actualmente en torno a un 30 por ciento del carbón, un 27 por ciento de fuentes renovables, un 26 por ciento del gas natural y alrededor de un 15 por ciento de la energía nuclear. La combinación real difiere considerablemente según la región.
Un centro de datos puede comprar electricidad renovable sobre el papel y estar conectado al mismo tiempo a una red local en la que, a determinadas horas del día, son centrales de gas o de carbón las que suministran la electricidad.
Por eso es importante distinguir entre los objetivos climáticos contables y el suministro eléctrico físico de una instalación.
Cuando un feed alcanza la magnitud de un Estado

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Greenly estimó el impacto climático asociado a TikTok en Estados Unidos, el Reino Unido y Francia en 2023 en unos 7,6 millones de toneladas de CO₂e.
A partir de la proporción de esos países dentro de la base global de usuarios se dedujo después una magnitud mundial de alrededor de 50 millones de toneladas de CO₂e.
Esta cifra no es un balance de emisiones oficialmente auditado de ByteDance o de TikTok. Es una extrapolación de una consultora externa y depende de supuestos sobre el tiempo de uso, la combinación eléctrica, el tráfico de datos y el funcionamiento de los centros de datos.
Hasta ahora, TikTok no facilita datos globales de energía y emisiones lo bastante detallados como para verificar esa estimación de forma completa e independiente.
Pese a esa limitación, la cifra ilustra el orden de magnitud posible.
Greenly comparó los 50 millones de toneladas estimados con el total de las emisiones anuales de gases de efecto invernadero de Grecia, calculadas para 2023 en unos 51,67 millones de toneladas.
La dimensión también se hace visible en comparación con Finlandia. Las emisiones oficiales de gases de efecto invernadero de Finlandia, sin contar el uso de la tierra, ascendieron en 2023 a unos 41 millones de toneladas de CO₂e. Sin embargo, esas comparaciones sirven únicamente para ilustrar, ya que un balance modelado de una plataforma y un inventario nacional de emisiones no son metodológicamente idénticos.
El problema no es, por tanto, que cada usuario individual de TikTok opere personalmente una pequeña central eléctrica cada año.
El problema reside en la escala.
Una carga relativamente baja por minuto se multiplica por los largos tiempos de uso, la reproducción automática de vídeo y una base de usuarios enormemente amplia.
Además, la plataforma necesita electricidad durante la reproducción.
Los vídeos deben subirse, almacenarse varias veces, procesarse, analizarse, moderarse, recomendarse y transmitirse en distintos niveles de calidad a través de redes mundiales.
También el entrenamiento y el funcionamiento de los sistemas de recomendación requieren capacidad de cálculo.
El balance ecológico del feed comienza mucho antes del momento en que un vídeo aparece en el smartphone.
La transparencia sigue siendo parte del problema
ByteDance ha anunciado que abastecerá todas sus actividades globales con electricidad íntegramente renovable para 2030. TikTok remite además a un centro de datos en Noruega que debe funcionar con electricidad renovable local.
Esos pasos son relevantes.
Sin embargo, no resuelven el problema fundamental de transparencia.
Sin datos públicos exhaustivos sobre consumo eléctrico, ubicación, combinación eléctrica real, adquisición de hardware, consumo de agua y cadena de valor, el balance climático global exacto sigue siendo difícil de verificar.
Por eso los valores de Greenly no deben tratarse como mediciones definitivas.
Son, sobre todo, un indicio de hasta qué punto puede crecer la huella ecológica invisible de una oferta de vídeo intensiva en atención.
Además, la responsabilidad no puede trasladarse por completo a los usuarios individuales.
Una persona puede reducir su tiempo de pantalla personal. Puede ver vídeos con menor calidad, usar los dispositivos durante más tiempo o desactivar la reproducción automática.
Sin embargo, las decisiones considerablemente más importantes están en manos de los operadores de plataformas, las empresas de centros de datos, los operadores de redes, los fabricantes de hardware y las instituciones políticas.
Ellos deciden cómo se diseñan las aplicaciones, qué datos se almacenan, durante cuánto tiempo se retiene la atención, dónde se levantan los centros de datos y con qué electricidad funcionan.
Permacomputing: la optimización radical como respuesta política

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La constatación de que la infraestructura digital no es ni inmaterial ni ilimitada ha contribuido al surgimiento de un movimiento tecnológico contrario: Permacomputing.
Permacomputing se orienta por la permacultura.
Del mismo modo que la permacultura no solo quiere hacer más eficiente la agricultura industrial, sino también cuestionar sus supuestos básicos sobre el suelo, los recursos y el crecimiento, Permacomputing cuestiona la cultura dominante de la computación.
El movimiento considera los ordenadores, el almacenamiento, el ancho de banda, la energía y los microchips recursos materiales limitados.
Se opone a una política tecnológica que trata el aumento permanente del tamaño de los modelos, del número de dispositivos, de la resolución y de la producción de datos como un progreso que se da por descontado.
La comunidad de Permacomputing se describe expresamente como un proyecto político y anticapitalista. Entre sus influencias figuran el decrecimiento, la ecología, los enfoques anarquistas, el pensamiento decolonial y el feminismo interseccional.
No existe para ello ni un producto certificado ni un «kit de Permacomputing» acabado.
Permacomputing es más bien una invitación a repensar toda la cultura digital.
Entre sus principios centrales figuran:
cuidar el hardware existente,
minimizar el consumo de recursos,
diseñar sistemas reparables y comprensibles,
posibilitar la funcionalidad sin conexión,
hacer visibles las dependencias,
integrar recursos renovables y biológicos,
y orientar la técnica hacia una vida útil larga en lugar de hacia un recambio rápido.
De estos principios pueden derivarse tres orientaciones prácticas especialmente importantes.
Frugal Computing: computar con menos
El Frugal Computing no trata la capacidad de cálculo como un recurso infinito.
La pregunta central no es:
¿Qué podemos construir con la máxima potencia disponible?
Es la siguiente:
¿Qué cantidad mínima de energía, almacenamiento, tráfico de datos y hardware necesitamos para cumplir de forma fiable una tarea con sentido?
Eso puede significar escribir programas más pequeños, eliminar scripts innecesarios y desarrollar páginas web sin animaciones permanentes, sistemas de rastreo o vídeos que se cargan automáticamente.
También puede significar comprimir más las imágenes, dar preferencia al procesamiento local y diseñar las aplicaciones de modo que funcionen también con una conexión lenta.
Una página web frugal no es automáticamente primitiva.
Puede decidir conscientemente qué funciones aportan realmente un valor añadido y cuáles se añadieron solo porque los recursos técnicos parecían estar disponibles de forma gratuita.
La investigación sobre computación sostenible subraya que no solo cuenta la electricidad de funcionamiento. La fabricación de nuevos dispositivos provoca igualmente emisiones considerables. Por eso, una estrategia climática sensata debe tener en cuenta tanto un software energéticamente eficiente como ciclos de vida más largos del hardware.
El Frugal Computing plantea así una pregunta cultural:
¿Tiene que ser toda experiencia digital de alta resolución, estar permanentemente disponible, ser personalizada y estar optimizada algorítmicamente?
¿O puede la calidad digital surgir también de la sencillez, la claridad y una limitación consciente?
Salvage Computing: usar los dispositivos que ya existen

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El Salvage Computing va un paso más allá.
Se centra en el hardware ya producido.
La idea básica es no crear nuevas posibilidades técnicas automáticamente mediante la compra de dispositivos nuevos, sino mediante el cuidado, la reparación, la transformación y la reutilización creativa de las máquinas existentes.
En todo el mundo existen cantidades enormes de ordenadores, smartphones, routers, pantallas y microcontroladores que funcionan o funcionan parcialmente.
Muchos se desechan porque su software original ya no recibe soporte, porque una sola pieza está averiada o porque las aplicaciones más nuevas plantean exigencias innecesariamente altas.
El Salvage Computing no considera estos dispositivos basura obsoleta.
Los trata como recursos materiales ya extraídos y ya producidos.
Un ordenador de quince años puede volver a ser utilizable con una distribución ligera de Linux, memoria adicional o el cambio del soporte de almacenamiento.
Un smartphone antiguo puede servir como pantalla local, como sensor, como cámara o como herramienta de aprendizaje sin conexión.
Un router desechado puede convertirse en parte de una red de comunicación local.
El wiki oficial de Permacomputing describe el Salvage Computing como la práctica de emplear exclusivamente recursos de cálculo ya existentes y de extraer el máximo provecho posible de los millones de dispositivos disponibles.
Detrás hay otra idea del cuidado técnico.
Los microchips no se tratan como artículos de consumo de vida corta.
Son productos complejos hechos de energía, materias primas, trabajo y cadenas de suministro globales.
Quien prolonga su vida útil no solo reduce la basura electrónica. También retrasa la necesidad de extraer más materias primas y de fabricar nuevos productos.
Collapse Computing: tecnología para un futuro inestable
El Collapse Computing es la orientación más radical dentro de este debate.
No parte de la premisa de que las redes eléctricas globales, las plataformas en la nube y las cadenas de suministro vayan a ser fiables para siempre y a crecer de forma ilimitada.
En su lugar, pregunta:
¿Cómo deben diseñarse los sistemas digitales cuando la energía escasea temporalmente?
¿Cómo se comunican las personas cuando no hay una conexión permanente a internet?
¿Qué software funciona con hardware poco potente y con cortes de electricidad frecuentes?
De ahí surgen sistemas de comunicación asíncrona, redes locales, pequeños servidores alimentados con energía solar y aplicaciones que no necesitan sincronizar datos constantemente con sistemas en la nube situados a gran distancia.
Un enfoque así no es forzosamente una predicción del colapso social completo.
Es también una forma de resiliencia técnica.
Los sistemas que funcionan en condiciones limitadas pueden ser ya hoy relevantes para regiones con redes eléctricas inestables, conexiones de datos caras o un acceso restringido a hardware nuevo.
Permacomputing no intenta así únicamente hacer que la tecnología emita menos.
Intenta hacerla menos dependiente de un modelo de expansión permanente.
La antítesis de Silicon Valley
El modelo dominante de Silicon Valley se basa en el escalado.
Más usuarios.
Más datos.
Más capacidad de cálculo.
Más contenidos personalizados.
Más dispositivos.
Más tiempo en la plataforma.
Permacomputing opone a esa lógica la limitación, la reparabilidad y la suficiencia.
Mientras las grandes corporaciones construyen enormes centros de datos para la inteligencia artificial y feeds de vídeo interminables, pequeñas comunidades desarrollan sistemas locales, de bajo consumo energético y comprensibles.
Grupos del entorno de Hundred Rabbits experimentan, por ejemplo, con un consumo energético reducido, el trabajo sin conexión y herramientas de software duraderas. Sin embargo, Permacomputing no se limita a un lenguaje de programación concreto, a un único proyecto ni a una determinada orientación estética. Es una community of practice más amplia.
Algunos proyectos desarrollan páginas web alimentadas con energía solar.
Otros utilizan electrónica reutilizada para servidores locales.
Otros más diseñan páginas web cuya complejidad depende de la energía disponible en cada momento.
Cuando la red eléctrica depende en gran medida de fuentes fósiles, se pueden reducir las imágenes, desactivar las animaciones o entregar los contenidos en una versión más ligera.
Así, la tecnología no responde solo a los deseos de los usuarios.
Responde a condiciones ecológicas.
Un trabajo de investigación reciente documenta, por ejemplo, el traslado de una página web desde un centro de datos comercial a un servidor autogestionado, alimentado con energía solar y construido con electrónica reutilizada. Estos experimentos muestran tanto el potencial como las dificultades prácticas de una infraestructura digital que se mueve conscientemente dentro de límites materiales.
El lado oscuro digital del activismo climático
La contradicción entre el activismo digital y el impacto ambiental digital no se puede resolver por completo.
Una campaña climática puede llegar a millones de personas a través de TikTok y, al hacerlo, exigir capacidad de cálculo, tráfico de red y dispositivos finales.
Eso no vuelve la campaña automáticamente inútil o hipócrita.
Solo muestra que la comunicación política nunca tiene lugar fuera de una infraestructura material.
Por eso la pregunta relevante no es si los medios digitales pueden estar completamente libres de emisiones.
Es la siguiente:
¿Qué uso digital crea un valor social que justifique su consumo de recursos?
¿Y qué uso se desarrolló principalmente para retener la atención sin un final natural?
Un vídeo que documenta una catástrofe ambiental local no equivale a una hora de scroll automático.
Ambos necesitan infraestructura.
Pero no tienen la misma función social.
Por eso, un debate ecológico serio sobre la digitalización debe ir más allá del tiempo de pantalla individual.
Debe tener en cuenta los modelos de negocio, el diseño de las plataformas, la producción de hardware, los sistemas eléctricos y la responsabilidad empresarial.
Debe preguntar por qué las aplicaciones deben acaparar la mayor atención posible y por qué las ganancias de eficiencia acaban casi siempre consumidas por un uso todavía mayor.
Una tecnología que no vuelva invisible el planeta
El espacio digital no es ingrávido.
Todo feed tiene una ubicación.
Toda nube está hecha de edificios.
Todo algoritmo se ejecuta sobre hardware.
Todo vídeo almacenado necesita energía, refrigeración y material.
Esta constatación no exige que renunciemos a la tecnología.
Exige que dejemos de tratarla como algo inmaterial.
Permacomputing no ofrece una solución universal acabada.
Ofrece otra pregunta de partida.
No:
¿Cómo podemos posibilitar cada vez más actividad digital?
Sino:
¿Qué actividad digital tiene sentido dentro de los límites ecológicos?
Este desplazamiento cambia el papel del diseño.
El minimalismo no se convierte solo en una estética visual.
Se convierte en una decisión material.
La reparación no se convierte solo en una manera de ahorrar dinero.
Se convierte en una forma de responsabilidad ecológica.
La funcionalidad sin conexión no se considera un retroceso técnico.
Se convierte en una forma de resistencia.
Con ello la sombra digital no desaparece.
Pero se vuelve visible.
Solo cuando los usuarios, los diseñadores, las empresas y las instituciones políticas reconozcan la realidad física del feed podrá la tecnología digital empezar a servir a las personas sin ocultarles sistemáticamente su consumo de recursos.
