Familia en transición

Generación Z: ¿Los padres que los formaron?

Reflexiones sobre una generación en la complejidad de sus experiencias.

Un padre de la Generación Z está escuchando atentamente a un niño.
Ein Elternteil der Generation Z hört einem Kind aufmerksam zu.
iksHaus | KI-generiert nach redaktioneller Konzeption, 2026 | EDICIÓN: Tomislav Bišić-Pauletić MA , psychotherapy counsellor
October 12, 2026

Introducción: El niño que ya no es el objeto de la educación

Uno de los mayores cambios en la familia occidental durante el último siglo no fue simplemente un cambio en la forma en que los padres crían a sus hijos. El propio significado de lo que constituye un “buen” padre también ha cambiado.

A principios del siglo XX, el niño era visto principalmente dentro de una relación jerárquica, donde el padre ejercía la autoridad, y la obediencia era uno de los valores fundamentales de la educación. En la segunda mitad del siglo, este modelo comenzó a cambiar. El niño pasó a ser considerado cada vez más como un individuo autónomo con sus propios sentimientos, necesidades, opiniones y derechos.

Este cambio no surgió de una sola causa. Fue moldeado por guerras y experiencias de posguerra, cambios económicos, urbanización, el desarrollo de la educación, los cambios en los roles de género, la democratización de la sociedad, los avances en la psicología y la pedagogía, la teoría del apego, los derechos de los niños y la individualización más amplia de las sociedades occidentales.

Por lo tanto, sería engañoso considerar la crianza contemporánea como un simple resultado de una sola generación.

Es mucho más interesante comprenderla como un proceso histórico en el que las experiencias de una generación se transforman en los valores de la siguiente, y luego en nuevos patrones de crianza.

En este proceso, la Generación Z no es la causa, sino más bien uno de los resultados de un desarrollo mucho más largo.

La historia entra en la familia

Las manos de dos generaciones gesticulan durante una conversación tranquila.

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Los acontecimientos históricos importantes tienen efectos que van más allá de sus consecuencias inmediatas. La guerra, la hambruna, la crisis económica, la migración o la opresión política cambian la forma en que las personas experimentan la seguridad, las relaciones, la autoridad y el futuro. Cuando estas personas se convierten en padres, sus experiencias entran en la familia.

Esto no significa que un acontecimiento histórico se “transmita” simplemente de un padre a un hijo.

La guerra no se transmite.

Lo que se transmite es la forma en que la guerra cambió a las personas.

Un padre o madre que creció en la pobreza puede valorar especialmente la seguridad. Un padre o madre que experimentó el caos puede enfatizar el orden. Un padre o madre que perdió a seres queridos puede volverse muy protector. Un padre o madre que creció en un sistema autoritario puede querer darles a sus hijos más libertad de la que él mismo tuvo.

Esa es precisamente la razón por la cual la transmisión intergeneracional no es simplemente una repetición.

Puede ser continuidad, pero también una reacción.

La investigación sobre la transmisión intergeneracional de la crianza muestra que los patrones de crianza pueden transmitirse de una generación a otra, al mismo tiempo que existe un margen significativo para el cambio. Las personas no necesariamente repiten la forma de crianza que recibieron de sus propios padres. A veces, la cambian conscientemente.

La investigación sobre familias afectadas por la Segunda Guerra Mundial muestra esta complejidad de manera particularmente clara. En las familias holandesas, las experiencias de la guerra pueden estar asociadas con dificultades que aparecen en generaciones posteriores, pero también pueden transmitirse la resiliencia y los patrones adaptativos. Las relaciones familiares y la comunicación entre generaciones juegan un papel importante en este proceso.

Por lo tanto, la historia no llega directamente al niño.

Entra en la relación entre padres e hijos.

La generación de la supervivencia

Los padres europeos que criaron a sus hijos después de la Segunda Guerra Mundial vivieron en gran medida en sociedades donde la escasez, el trabajo físico, la disciplina y la inseguridad eran realidades inmediatas.

En ese contexto, es fácil comprender la importancia de la obediencia.

Cuando el mundo es peligroso, la predictibilidad se convierte en un valor.

Cuando los recursos son escasos, la gratificación diferida se convierte en una necesidad.

Cuando una familia tiene que funcionar en circunstancias difíciles, las reglas pueden tener un propósito muy específico.

Este modelo de crianza no debe idealizarse. La autoridad a menudo venía acompañada de dureza, falta de disponibilidad emocional, castigos físicos y muy poca autonomía para los niños.

Sin embargo, es importante comprender su función.

Un padre o madre no necesariamente decía “Debes obedecerme” simplemente porque disfrutaba ejerciendo el poder.

A veces vivía en un sistema social donde la obediencia estaba ligada a la seguridad.

La generación que decidió hacer las cosas de manera diferente

Aquí se manifiesta uno de los mecanismos psicológicos más interesantes de la transmisión intergeneracional.

Los hijos de estos padres pueden llegar a la conclusión:

“No quiero ser como mis padres”.

Esta es una forma conocida de proceso reactivo: una persona construye su identidad, en parte, en oposición a los patrones de los que proviene.

Si la generación anterior era estricta, la nueva generación se vuelve más tolerante.

Si los sentimientos no se expresaban, la nueva generación enfatiza la apertura emocional.

Si a los niños no se les escuchaba, la nueva generación comienza a escucharlos.

Si las decisiones no se explicaban, la nueva generación comienza a explicarlas.

Algo importante está sucediendo aquí: el cambio en la forma de criar a los hijos no es simplemente el resultado de nuevas teorías sobre los niños. También es la respuesta emocional de una generación a la experiencia de su propia infancia.

La democratización de la familia

Un área de juego vacía conecta caminos libres con límites espaciales claramente definidos.

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En la segunda mitad del siglo XX, este proceso coincidió con un cambio social mucho más amplio.

La familia se volvió menos jerárquica.

Las opiniones de los niños adquirieron una mayor legitimidad.

Los padres explicaban cada vez más las reglas, en lugar de simplemente imponerlas.

Las decisiones se negociaban cada vez más.

Investigaciones en varias sociedades europeas documentan precisamente este cambio a largo plazo. En Suecia, una comparación de tres cohortes mostró una disminución significativa del control parental directivo y un desarrollo hacia relaciones familiares más igualitarias.

Los análisis de valores en Francia, Alemania, los Países Bajos, el Reino Unido y Suecia también muestran una tendencia a largo plazo hacia una mayor aceptación de la prioridad del bienestar del niño.

Este fue un cambio civilizatorio importante.

El niño ya no era simplemente un objeto de las decisiones de los padres.

El niño se convirtió en un sujeto dentro de la relación.

Pero es aquí donde comienza una distinción importante.

La autonomía no es lo mismo que la ausencia de límites

La psicología del desarrollo contemporánea no nos da ninguna razón para ver la autonomía de un niño como un problema.

Todo lo contrario.

Un amplio metaanálisis, publicado en 2026, incluyó 404 estudios de 53 países y encontró que el apoyo parental a la autonomía se asociaba con un menor nivel de problemas internalizantes y externalizantes en niños y adolescentes.

En otras palabras, un padre o madre que permite a un niño tomar decisiones, fomenta la iniciativa y respeta la opinión del niño no está haciendo nada malo.

El problema surge cuando se establece una ecuación diferente:

Autonomía = no hay límites.

Eso no es lo mismo.

Un padre o madre puede decir:

“Entiendo que quieres esto”.

y luego:

“Pero he decidido que no es posible en este momento”.

Eso no es autoritarismo.

Es responsabilidad parental.

De “Yo decido” a “Tú decides”

Este es quizás el punto más importante de todo el proceso.

La autoridad tradicional dice:

“No, porque soy el padre/la madre”.

El padre o madre democrático dice:

“Quiero escuchar lo que piensas”.

Sin embargo, también existe una tercera posibilidad:

“Tú decides”.

A primera vista, esta frase parece ser la culminación de la democracia.

Sin embargo, un niño no es automáticamente capaz de tomar cualquier decisión solo porque tenga derecho a participar en la toma de decisiones.

El desarrollo implica la asunción gradual de responsabilidades.

Cuando un padre o madre ofrece a un niño opciones dentro de un marco que es apropiado para su edad y etapa de desarrollo, está fomentando la autonomía.

Cuando un padre o madre abandona este marco porque no quiere un conflicto, puede estar haciendo algo completamente diferente.

Esto ya no es simplemente fomentar la autonomía.

Puede convertirse en una transferencia de responsabilidad.

La psicología de los límites parentales

Un padre o madre joven cierra su ordenador y conscientemente se aleja del flujo de información.

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¿Por qué haría un padre eso?

Un posible mecanismo es la evitación del conflicto.

Establecer un límite casi inevitablemente crea cierta frustración.

El niño puede enfadarse.

Puede llorar.

Puede decir que el padre o madre es injusto.

El padre o madre entonces debe soportar que el niño esté temporalmente insatisfecho con él o ella.

Esta es una habilidad que requiere un gran esfuerzo psicológico.

Si el padre o la madre interpreta la frustración del niño como una prueba de que lo está perjudicando, el límite se vuelve emocionalmente amenazante.

Entonces, puede surgir una secuencia:

El niño se frustra → el padre o la madre se siente culpable → el padre o la madre cede → el conflicto disminuye → el padre o la madre experimenta alivio.

Si este patrón se repite, puede producirse un refuerzo negativo.

El padre o la madre aprende que ceder es la forma más rápida de reducir su propia incomodidad.

Al mismo tiempo, el niño aprende algo más:

Un aumento de la emoción puede cambiar la decisión del padre o la madre.

Esto no significa que los padres manipulen conscientemente a sus hijos, ni que los hijos manipulen conscientemente a sus padres.

Es un proceso de aprendizaje que tiene lugar dentro de una relación.

Y es precisamente por eso que es más útil hablar de un patrón de interacción que de la culpa parental o la culpa del niño.

Cuando la protección se convierte en sobreprotección

Un mecanismo similar puede actuar a través de la función protectora de los padres.

Un padre o una madre que ha experimentado inseguridad en su propia vida puede querer que su hijo nunca experimente lo que él o ella experimentó.

Esto puede conducir a un estilo de crianza muy cálido y protector.

Sin embargo, la protección puede cruzar un límite.

Cuando un padre o una madre elimina sistemáticamente obstáculos, frustraciones y consecuencias de la vida del niño, este tiene menos oportunidades de desarrollar su propia capacidad para afrontarlos.

Esta es una de las razones por las que la literatura contemporánea distingue entre el apoyo a la autonomía y la intromisión y el control excesivos.

La paradoja es que un padre o una madre puede estar muy involucrado al mismo tiempo que es muy débil a la hora de establecer límites.

Esta es una característica de la crianza contemporánea que no puede describirse adecuadamente con una simple distinción entre “estricto” y “permisivo”.

La crianza intensiva y el miedo a equivocarse

El padre o madre contemporáneo también se enfrenta a un problema completamente nuevo: un acceso casi ilimitado a información sobre la crianza.

La psicología, la pedagogía, las redes sociales, los sitios web sobre crianza y los consejos de expertos pueden crear la impresión de que existe una “respuesta correcta” para cada decisión relacionada con la crianza.

La crianza puede convertirse así en un proyecto destinado a optimizar al niño.

El padre o madre ya no es responsable únicamente de la seguridad del niño.

Puede empezar a sentirse responsable del estado emocional del niño, su autoestima, su educación, sus relaciones sociales, su futura carrera y su resiliencia psicológica.

En un contexto así, establecer límites puede resultar aterrador.

¿Qué pasa si he cometido un error?

¿Qué pasa si he lastimado al niño?

¿Qué pasa si tiene consecuencias a largo plazo?

¿Qué pasa si no soy lo suficientemente buen padre o buena madre?

Paradójicamente, cuanto más cree un padre o madre que es responsable del bienestar de un niño, más probable es que intente eliminar cualquier cosa que el niño pueda experimentar como desagradable.

La Generación Z como producto de este proceso histórico

Las manos de jóvenes adultos acompañan una animada negociación en un entorno educativo.

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La Generación Z no es, por lo tanto, una generación que pueda explicarse con una sola característica.

Es una generación que ha crecido en una sociedad donde la autonomía, la individualidad, la expresión emocional y las elecciones personales se han convertido en valores culturales importantes.

Esto no es simplemente el resultado de sus padres.

También ha sido influenciada por la tecnología digital, las redes sociales, los cambios en el sistema educativo, la incertidumbre económica, la individualización y el contexto social más amplio.

Sin embargo, la crianza es uno de los microsistemas centrales en los que estos cambios sociales se implementan a diario.

Si un miembro de la Generación Z creció en una familia donde su opinión se tenía constantemente en cuenta, eso no es en sí un problema.

Si aprendió a negociar, eso no es necesariamente un problema.

Si tenía derecho a decir “no”, eso no es un problema.

Sin embargo, si al mismo tiempo aprendió que cada frustración debe ser eliminada, que cada decisión es negociable y que cada “no” parental puede ser reconsiderado, entonces estamos lidiando con un contexto de desarrollo completamente diferente.

Y eso es precisamente lo que debe investigarse.

No una "mala generación", sino una relación cambiada con la autoridad

Por lo tanto, sería metodológicamente incorrecto concluir que ciertas características de la Generación Z son el resultado de una “mala crianza”.

Una conclusión de este tipo ignoraría la complejidad del desarrollo.

Es mucho más interesante preguntarse:

¿Cómo ha transformado el cambio histórico de la autoridad parental la experiencia de crecer?

Y más específicamente:

¿Qué sucede cuando una corrección históricamente fundada de la crianza autoritaria continúa avanzando hacia un modelo en el que se vuelve cada vez más difícil para los padres tomar esas decisiones que son parte de su responsabilidad en el desarrollo?

Esta pregunta no requiere nostalgia por la antigua forma de autoridad.

Todo lo contrario.

Podemos rechazar el autoritarismo al tiempo que defendemos la autoridad parental.

Podemos reconocer el derecho de un niño a tener su propia voz, al mismo tiempo que reconocemos el derecho y la responsabilidad de los padres de decir “no”.

Podemos apoyar la autonomía sin abandonar la estructura.

Conclusión: La historia no determina, pero sí moldea

Un padre o madre mayor está escuchando atentamente a su hijo adulto durante una conversación tranquila.

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Los grandes cambios históricos no producen automáticamente un tipo específico de persona.

La guerra no produce “padres estrictos”.

La paz no produce “padres permisivos”.

La democratización no produce “niños malcriados”.

Estas afirmaciones serían demasiado simplistas.

Sin embargo, la historia sí cambia las condiciones en las que las personas se convierten en padres.

La guerra puede cambiar las actitudes hacia la seguridad.

La escasez puede cambiar las actitudes hacia la disciplina.

Los sistemas autoritarios pueden cambiar las actitudes hacia la obediencia.

La democratización puede cambiar las actitudes hacia la jerarquía.

El desarrollo de la psicología puede cambiar las actitudes hacia los sentimientos de los niños.

Los derechos de los niños pueden cambiar las actitudes hacia la autonomía de los niños.

Y la individualización puede cambiar las actitudes hacia las decisiones personales.

Estas influencias interactúan luego dentro de la familia.

Allí, la historia se convierte en una relación.

Los padres aportan a esta relación lo que han aprendido, lo que han experimentado y lo que han decidido rechazar. Los niños experimentan esta relación, la internalizan y, un día, la utilizan para desarrollar su propia comprensión de las relaciones entre ellos mismos y los demás.

Por lo tanto, la transmisión intergeneracional no debe entenderse como una copia.

A veces, la forma más fuerte de transmisión es precisamente una reacción contra la generación anterior.

Un padre que no fue escuchado le da a su hijo una voz.

Un padre que fue controlado le da a su hijo libertad.

Un padre al que no se le permitió mostrar emociones enseña a su hijo la apertura emocional.

Todo esto puede ser una corrección valiosa.

Pero cada corrección puede traspasar su propio límite.

En el momento en que un padre deja de decir:

“Tu opinión es importante para mí”

y en cambio dice:

“Tienes que decidir”

la naturaleza de la relación cambia.

Porque un niño no necesita un padre que tome decisiones por él durante toda su vida.

Pero un niño tampoco necesita un padre que le pida demasiado pronto que tome decisiones en su lugar.

Quizás uno de los mayores desafíos de la crianza contemporánea reside precisamente entre estos dos extremos:

¿Cómo se puede criar a un niño para que sea autónomo sin abandonar la propia responsabilidad por su desarrollo?

Y quizás esa es la lección más importante que podemos aprender de la historia de la crianza: el objetivo no es restaurar la autoridad del pasado, sino encontrar una nueva forma de autoridad que no se base ni en el miedo ni en la renuncia a la responsabilidad.

Nota

Este texto no afirma que exista un único padre o madre “típico” de la Generación Z, ni que las características de la Generación Z provengan de un único modelo de crianza. Los factores históricos, culturales, económicos y familiares están interrelacionados, y sus efectos varían entre individuos y sociedades. Los términos como “crianza reactiva” y “abandono de la responsabilidad parental” se utilizan en este texto como conceptos analíticos para una reflexión posterior, y no como categorías clínicas o diagnósticas establecidas.

Una reflexión final

Quizás la historia de la crianza no está evolucionando desde la autoridad hacia su desaparición, sino hacia la cuestión de qué tipo de autoridad podemos tener cuando ya no queremos que un niño tenga que temer a un padre para respetarlo.

Cuando un padre no asume una responsabilidad que es necesaria para el desarrollo de un niño, el niño no deja de desarrollar la capacidad de adaptación. Por el contrario, el niño debe organizar su propio funcionamiento de la manera más efectiva posible, utilizando los recursos disponibles. Lo que resulta de esto no está determinado únicamente por la crianza, sino por la interacción de numerosos factores: temperamento, relaciones con otras personas importantes, compañeros, escuela, condiciones socioeconómicas, cultura, el momento histórico, eventos aleatorios de la vida y la propia capacidad activa de adaptación del individuo. La crianza es, por lo tanto, un factor importante, pero nunca el único.

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FAQ

¿Es la Generación Z el resultado de un único modelo de crianza?

No. Interactúan factores históricos, culturales, económicos, tecnológicos y familiares.

¿Es la autonomía lo mismo que la falta de límites?

No. La autonomía puede fomentarse dentro de una estructura que sea apropiada para la edad y la etapa de desarrollo del niño.

¿Por qué podrían los padres tener dificultades para establecer límites?

Las posibles razones incluyen la evitación de conflictos, la culpa, la inseguridad personal y el miedo a dañar al niño.

¿Significa una familia más democrática el fin de la autoridad parental?

No. La forma y la legitimidad de la autoridad cambian, mientras que la responsabilidad parental permanece.

¿Determina la crianza por sí sola el desarrollo de un niño?

No. El temperamento, las relaciones, la escuela, los compañeros, la cultura, las condiciones de vida y otras experiencias también juegan un papel.